lunes, abril 17, 2017

escribir

Cada vez es como empezar de cero. Miento. Hay veces en que las palabras se acomodan fáciles, dóciles.
Otras, como ahora, hay que perseguirlas como el perro pastor persigue al rebaño: juntándolo y desmembrándolo casi en un mismo movimiento.
Desperdigando el sentido sobre el verde de abril.
Imagino que es importante saber qué se quiere decir.
Parece un detalle menor pero es de vital importancia aunque en mi caso no siempre necesario.
Saber qué se quiere decir no siempre facilita. Y sin embargo, encontrar una palabra anzuelo y lanzarla a lo hondo a veces ha dado por resultado una pesca de alto contenido en fósforo.
Escribo borracha de sobriedad y con una fila india interior de cosas para decir que da vuelta la esquina de mi cuello y lo tensa como si llevara una cincha.
El abuelo Freud disfrutaría horrores con mis frases ridículas.
Yo continúo en mi línea de volver a volver a volver a escribir dando vueltas que tan sólo marean.
El fósforo está húmedo y no enciende.

martes, febrero 21, 2017

primavera

Te das cuenta de que está por cambiar la estación porque el sol se queda más tiempo en la terraza.
Durante todo el invierno, ni la pisaba, la rodeaba pegado a las paredes como un ladrón que trepa o que escapa, sin apenas rozarla, dejándola apocada en su sombra.
Ahora en cambio, desde hace pocos días, el sol se regocija en la terraza, se jacta, va ganando terreno poco a poco, se queda cada vez más rato, se reinstala volviendo de su viaje.
Cambia la luz en un cambio que es cambio y es rutina.
Y el planeta, como un tiovivo lento y parsimonioso, saca a la primavera de su jaula, la lanza al aire para que se desbande, en un juego de magia colorido.

jueves, diciembre 29, 2016

fábula

El vecino me habla de una zorra blanca
delgada como un personaje de fábula perdido
me dice que la zorra
deambulaba
hambrienta
blanquísima
en torno a él
a su coche
el vecino me explica que no pudo cogerla.
Le pregunté:
¿cogerla para qué?
Para matarla dice,
pronunciando el verbo matar
como si se pudiera conjugar sin sangrar.
Una zorra blanca
delgada como un pensamiento único
y yo de pie en el frío con el sol golpeándome los ojos
consternada como quien no hace nada.

miércoles, diciembre 07, 2016

Duelo

- Buenas tardes, venía a saltarme un duelo.
- ¿Otra vez?
- ¿Perdone?
- Sí, usted ya ha estado aquí antes.
- ¿Y? ¿Hay algún problema? ¿Hay un tope?
- El tope lo pone usted.
- Pues venía a saltarme otro duelo.
- ¿Trae todo?
- Traigo mi medalla de oro en salto de duelo sin red del 2014.
- Menudo curriculum.
- Se hace lo que se puede.
- ¿Y ahora?
- Pues quería saltármelo así porque sí.
- ¿Conoce los efectos secundarios?
- De memoria.
- ¿Y no le importa?
- Sí me importa pero no sé hacerlo de otra forma.
- ¿Y no quiere aprender?
- ¿Usted de qué lado está? ¿Esta no es la oficina de salto de duelo?
- Sí, es. Pero no creo en la obediencia debida.
- Así que usted es un empleado con personalidad que aconseja a quienes vienen aquí a solicitar asistencia que se lo piensen.
- Yo no le aconsejé nada. Le pregunto si no quiere aprender a hacer los duelos como la gente.
- ¿La gente cómo los hace?
- Organizadamente.
- Jajaja, déjeme que me ría. Usted tampoco tiene ni idea.
- Sí, sí tengo: primero está la negación, luego la etapa de rabia, después la aceptación y luego la tristeza.
- ¿En ese orden?
- Creo que sí.
- Pues yo siento todo eso todo mezclado. Es como un batido de duelo.
- Batirse a duelo.
- Con uno mismo. O con la muerte.
- Uno no puede batirse a duelo con la muerte.
- Yo sí puedo.
- No me sea omnipotente. Así está. ¿No se da cuenta de que es una batalla perdida?
- No está muerto quien pelea.
- ¿Y este momento del refranero popular? Usted tiene un poco de lío.
- Mucho lío. Tengo todo revuelto. Imposible parar y llorar lo suficiente, lo necesario. Y esta sensación inasible.
- Las sensaciones no pueden asirse.
- Pero no deja de ser incómodo, es como un pájaro revoloteando en la habitación, buscando la ventana (que no hay).
- ¿La habitación vendría a ser su cabeza o su corazón?
- Tengo pájaros revoloteando por todos lados, si le soy sincera.
- Lo que le ocurre no es muy distinto a lo que le ocurre a todo el mundo. Desdramatice.
- Arrancar el arpón de la carne apretada.
- He dicho des-dra-ma-ti-ce, no que dramatice.
- Hago lo que puedo.
- Tómese un tiempo, déjelo pasar, no luche. Pruebe a dolerlo, tendrá recaídas, no tenga prisa. Siempre será mejor así.
- No sé si podré.
- Nunca nadie sabe si podrá. Y así va el mundo.

miércoles, noviembre 23, 2016

Neptuno

¿Podíamos llegar a Neptuno en trineo?
Tú decías que sí.
Tú decías que lo fabricarías. Dijiste: yo fabrico un trineo, cuando te dije que teníamos que irnos, que había que ir a Neptuno antes del viernes negro.
Yo no tenía botas adecuadas, te dije, no tengo botas adecuadas. No había pensado en botas y ahora hace frío. Hay cosas en las que no piensas y de repente.
Me miraste y me dijiste: yo te las fabrico. Eras como una maga, aunque decías que no te gustaban los magos ni la magia. Yo decía alguna cosa, decía trineo, por ejemplo, y tú decías que podrías fabricarlo.
¿Con qué material? preguntaba yo intentando entender, yo que siempre he tenido una ambigüedad extraña entre imaginación desatada y racionalismo pragmático.
Fabricaré tus botas con besos, dijiste. Botas resistentes al frío, trineo que nos lleve a Neptuno, todo con besos, con saliva adictiva, todo quedará perfecto y podremos salir, decías.
Yo te miraba como se mira con curiosidad a alguien dentro de un garaje un sábado por la mañana, a alguien que fabrica algo que no se sabe si funcionará pero que merece la pena ser observado apasionadamente en su fabricación. Eso me dice todo el mundo: que me concentre en la fabricación.
Yo tengo una escafandra de lana de colores y ganas de mirar por la ventanilla del trineo para ver cómo se ve el mundo desde fuera.
Mirándote dentro del garaje donde saltaban chispas de tus manos de maga, me preguntaba si en realidad yo no había estado viendo el mundo desde fuera siempre.

martes, octubre 25, 2016

carcoma (antiguo)

Me han dicho que tengo carcoma.
No mi casa, no las vigas de madera de mi casa. No las puertas. No.
Yo tengo carcoma.
Me lo han dicho en el médico hoy. He ido porque me picaba, un cosquilleo interior pero peor, un reconcomer, un susurro crunch crunch imparable.
Mentira, se lo he dicho al médico: se para con la tele.
Con lo cual, me han recetado dos cosas, puedo elegir: o me pongo a ver la tele como si no hubiera un mañana, la tele suero, la tele con rueditas para que no me distraiga (de la tele) ni un segundo. Con la tele a la compra, con la tele a la cama.
O inyectar anticarcoma en vena, con unas jeringuillas muy precisas.
El médico dice que la segunda opción es más agresiva: el anticarcoma se lleva por delante aquello que te carcome y todo lo que pille a su paso. Bueno o malo. Digamos que si superas el trance, tienes que empezar de cero (patatero).
He dicho que lo pensaría pero lo cierto es que no puedo pensar demasiado porque todo lo que pienso me muerde.
Sin quererlo, me he convertido en un hueso de plástico arrojado a las fauces de este silencio.

jueves, septiembre 29, 2016

Carta a una cartera

Estimada señora cartera:

Me ha dicho ella, en medio de otras cosas que me ha dicho, que usted tiene mis cartas.
No sé de qué manera puedo yo contactar con usted (entiendo que por carta, cae de maduro) aunque no tengo su dirección y mucho menos conozco su cara. Igual necesito escribirle.
Me pregunto qué hará usted con las cartas devueltas, no digo con las mías solamente, sino con todas.
Dicen ustedes que las llevan a la oficina de correos pertinente, pero ¿luego qué?
Una carta que no ha llegado a destino es una carta amputada, una carta que no cumplió su cometido en la vida, una carta que se quedó a medio camino de ser.
Si por lo menos usted pudiera mentirme y decirme que se las llevó a casa, a su casa (a la de ella ya sé que no, ella le ha dicho que yo ya no vivo allí, dejó bien claro que mis cartas no osen poner sus piececitos en su buzón, lo he entendido), que sintió compasión y mis cartas durmieron aunque fuera una última noche encima de una mesa, entorno familiar, entre un catálogo de muebles y sus facturas de la luz.
Si tan siquiera yo supiera que mis cartas no murieron por nada (en el contenedor del reciclado del papel, sin haber sido abiertas), yo me quedaría más tranquila. Ya sé, soy una tonta, sí, lo sé.
Ante mi reclamo, usted se preguntará si aquellas eran cartas importantes, si las cartas que usted cogió de las manos firmes y decididas de ella, eran cartas de amor, o ansiosas respuestas a preguntas y yo no puedo mentirle (aunque podría): no, esas cartas no eran cartas de amor, no eran la repuesta a nada. Esas cartas eran cartas del banco, cartas del seguro del coche, cartas del ayuntamiento.
En el sobre ponían mi nombre y ponían la dirección de la casa de ella. Ponían quinto izquierda (siempre he tenido una ligera inclinación hacia los quintos).
Tal vez podría explicarme, diciéndole que durante un tiempo su casa fue mi casa, nuestra casa. Ella no se acuerda o prefiere no acordarse y, por eso, imagino que devuelve las cartas como si le quemaran, como si le dolieran.
No sé si usted lo entiende, seguro que usted tiene muchísimos casos de estos: cartas devueltas por desamor, desentendimiento, cartas que pagan como hijos compartidos el estar en el medio de esto. No sé a qué llamo esto.
A mí también me duele que las haya devuelto. Pero, se lo digo en verdad, debe creerme, me dan igual las cartas. Al final, excepto que fueran cartas de amor, las cartas no tienen importancia. Pero el gesto, ay, el gesto. El gesto nos define. ¿A que sí?
Eso es lo que me duele, no las cartas, sino el gesto.
Por eso le escribo, en realidad. No es que quiera mis cartas, que ya habrán sido recicladas junto con periódicos viejos y kleenex usados, rollos huecos del papel higiénico, cajas de cartón desarmadas. Lo sé.
No le escribo para que usted haga nada, entonces no se asuste.
Le escribo porque me dolía aquí y cuando me duele aquí, sólo se me ocurre escribir.
Espero que usted esté bien.
Mil disculpas y gracias.